CESARE PAVESE   

RENÉ PALACIOS MORE 

MARCOS SILBER

 

 

CESARE PAVESE

 Alter ego

Desde la mañana al ocaso, yo veía el tatuaje

en su pecho sedoso: una mujer rojiza

incrustada, como en un prado, entre el pelo, Allí

       debajo

brama a veces un tumulto que sobresalta a la mujer.

Transcurría el día entre blasfemias y silencios.

Si la mujer no fuese un tatuaje y estuviese viva

y aferrada a su pecho peludo, ese hombre

bramaría aún fuerte en su pequeña celda.

Callaba, tendido en el lecho, con los ojos abiertos.

Un profundo hálito de mar ascendía

de su cuerpo de huesos grandes y recios; estaba

      tendido

al igual que en cubierta. Pesaba sobre el lecho

como quien ha despertado y podría saltar de él.

Su cuerpo, salado por la espuma, chorreaba

un sudor solar. La pequeña celda

era insuficiente para el alcance de una mirada suya.

Al verle las manos, se pensaba en la mujer.

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RENÉ  PALACIOS MORE

 A expensas

Una mujer ha levantado su corazón

y empavesa la ciudad de insomnio.

 

Están sus hombros cargados de aves

que el común de los mortales desconoce.

 

El tiempo que vive le anuncia

que hay hombres fuera de peligro,

que en los tejados ululan las proclamas

y que es definitivo el verdor

de las naves de paz que brinda.

 

Una mujer que ha teñido de olores los cuartos

aminora la marcha de los días

y habla con la voz de los certeros

y dadivosos augurios que la escoltan.

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MARCOS SILBER

 Amarcord

Sobre la tierra ahogada de dolor y soledades

el ave encantada despliega sus reales plumas;

la contempla la desdicha, el desamparo,

el extranjero de cada espacio, los extraviados

y el navegante derrotado miran con asombro

los arcos de colores que le cabalgan la cabeza.

Todo se pregunta

-sobre la tierra ahogada de dolor y soledades-

¿qué conmemora el ave encantada, qué celebra?