DOMINGO LÓPEZ GARCÍA

 

PARA MI AMIGA ELISABETH QUE LO AMÓ y acompañó

11

Cada noche despierto como un viento que vuelve

 y  visita el mismo valle.

Y de nuevo a escapar.

Escapo del tejado,

de la esquina de siempre 

y del hogar en ruinas,

donde luché una infancia.

Idénticos lugares

para la misma insomne interrogante.

 

¿Dónde habitas, respuesta?

Revélame tu nombre

y el contorno preciso de tu imagen.

No te quiero en tus huellas.

Te deseo en tí misma

y en el nombre que invoco con todas mis palabras.

 

Y si te llamas Dios,

revélate, Dios nuestro.

 

14

Toco mis manos,

mi frente,

mis labios

con la punta del cigarro y los dedos,

digo mi nombre,

me contemplo, al lavarme, la cara en el espejo,

soy propietario de pequeñas cosas

que guardo en mis bolsillos

y no sé lo que soy,

ni lo que debo ser.

Esto me desconcierta.

Porque miro hacia el tiempo que aún me falta

y quisiera decirme: ¡lo recorro!

 

Y no.

             Me va alcanzando el tiempo

y me coge a deshora,

como un inesperado visitante,

que viniera a mi casa los días que hago fiesta.

 

Qué es lo que quieres, ¿dime?...

De nuevo te has perdido.

Porque lo que tú pides

se te sale del tiempo

y sólo te contesta tu pregunta.

Allí sólo es posible llegar desde la muerte.

Y tú eres en el tiempo

y en él, precisamente, te debes preceder.

¿Es esto la existencia?

¿Ir viviendo la muerte,

como un enamorado que presiente su gozo?

 

De Vivir es la caída

Dos sonetos de amor sin esperanza

y veinticinco poemas desolados

Madrid, 1976